(95º) DIARIO DE UN LINFOMA (Prójimos y próximos).

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1 de septiembre de 2022.

Sentado en la cafetería del IKEA, así estoy ahora mismo. He venido a cargar el Spring, ya que es un servicio gratuito de los suecos y hay que aprovecharlo, que con los precios de la luz, supone un pico de ahorro. Este es un espacio amplio, lo considero seguro con mascarilla, y encima tienen una zona para enchufar los portátiles donde puedes trabajar con cierta tranquilidad y retirado de la gente.

Hoy es un 1 de septiembre muy atípico para mí. En esta fecha, estaría empezando en el instituto y tomando contacto con la realidad de un nuevo curso. Suele ser un mes intenso de trabajo con mucha preparación para, sobre todo, la F.P. a Distancia. Este año mi compañera Montse se encargará de esta labor y seguro que lo hará magníficamente, como todo lo que ella aborda. Ayer por cierto, me visitó en Benaocaz con Javi, su marido, para traerme unas anchoas del Cantábrico y acompañarme con su siempre grata presencia un rato. Todo un detalle acordarse de mí en su visita a ese sitio tan maravilloso en verano.

Por la tarde recibí la visita de mi primo Jose en el piso de Jerez y tuvimos una interesante charla durante una hora y media. Nos pusimos al día de las últimas noticias familiares y compartimos impresiones, dudas y tribulaciones emocionales por las que ambos hemos pasado y lo estamos haciendo. Nuestra genética común es marcada, porque su madre y la mía no solo eran mellizas, sino que compartían un carácter muy parecido, y no sé si la casualidad quiso también que nuestros respectivos padres, sin estar emparentados, guardaran no solo similitud física, sino temperamental.

Ayer, después de regresar de la playa (sí, volví a pisarla por segunda vez este año, solo un ratito al atardecer, pero me cargó las pilas anímicas, aunque descargó un poco las físicas, tras el breve paseo), charlábamos en el coche mi Rubi y yo sobre algunos familiares que, siendo grandes personas, habían caído en un error común y muy perjudicial que tiene que ver con el mal uso de la lengua para criticar y ver solo los aspectos negativos de otros, incluso algunos inventados. Eso había generado rencores y perpetuado enemistades a lo largo de décadas. 

Mi segunda visita a la playa este verano (seguro que mis hijas se vuelven a meter con mis piernas de palillo).

A veces uno se mueve entre la desazón por la lamentable tendencia humana al odio y el enfrentamiento y la confianza en que dentro de cada uno de nosotros también se encuentra la inclinación a hacer lo correcto y confiar en la bondad de los demás. Es verdad que la historia es tozuda en recordarnos que el recorrido de la humanidad comenzó con el asesinato de Abel por parte de su hermano y ese odio homicida se prolongó con las innumerables guerras que nos han plagado, conflictos que llegan hasta nuestro día en esa irracional disputa que hoy mismo está segando, cada día, la vida de cientos de soldados y civiles en el frente ruso-ucraniano.

Hay que recordar que lo que desemboca en un asesinato necesita de unos pasos previos que son evitables, pero, una y otra vez, caemos en el error de no borrar de nuestro camino  esas etapas iniciales. Me gustó muchísimo el análisis que una vez me hicieron de las palabras de Jesús en Mateo 5:22: “Yo les digo que todo el que continúe airado con su hermano será responsable al tribunal de justicia; pero quienquiera que se dirija a su hermano con una palabra execrable de desdén será responsable al Tribunal Supremo; mientras que quienquiera que diga: ‘¡Despreciable necio!’, estará expuesto al Gehena de fuego” (Mateo 5:22).

Esas palabras fueron pronunciadas en su famoso Sermón del Monte. El contexto lo componían numerosos consejos para llevarnos bien con nuestro prójimo, entre ellos el de perdonar y hacer las paces con nuestro “hermano” antes de presentar una ofrenda en el altar. Jesús estableció una regla inmutable: si no perdonamos a nuestro prójimo, cuando hay base para hacerlo, de nada sirve que le pidamos nosotros ese perdón a Dios, porque no lo obtendremos. 

Luego, recordó uno de los diez mandamientos: no asesinarás, en el versículo 21, justo el anterior al que yo he copiado. Jesús indicó que había que hacer algo antes de plantearse evitar lo obvio: matar a alguien. Se refirió a 3 cosas que pueden conducir a un odio irracional que acabe en algo tan condenable como el asesinato. Cada una de las 3 aumentaba en gravedad sobre la anterior. Lo primero es “continuar airado contra nuestro hermano”. Desgraciadamente, en nuestra vida cotidiana, abrigamos ira contra nuestros compañeros de trabajo, cónyuges, vecinos y todo tipo de personas con las que tenemos un trato más o menos estrecho, por absolutas nimiedades. Los familiares de los que hablo llevaban, por ejemplo, sin hablarse durante más de 30 años por una absurda disputa de lindes en un terreno de márgenes compartidos. Una estaca de la valla que los separaba, colocada un metro más arriba o abajo, llevó a una inquina sostenida durante 3 eternas décadas, y continúa. Jesús dijo que esa ira en nuestro corazón era merecedora de acabar en el Tribunal de Justicia. Se refería a un tribunal local que existía en las pequeñas localidades judías y tenía potestad para juzgar hasta en casos de asesinato, es decir, Jesús consideraba algo grave el simple hecho de abrigar esa enconada animadversión contra nuestro prójimo, aunque no la expresemos. No podemos restarle gravedad al rencor permanente hacia otros, no solo nos perjudica a nosotros mismos, sino que reviste suficiente entidad como para que sea considerado punible a los ojos de Dios.

El segundo error, más grave que el anterior era: “dirigirse a un hermano con una palabra execrable de desdén”. Ese término, aclaran algunos diccionarios hebreos, se refería a un término injurioso que calificaba al referido como alguien de “cabeza hueca o vacía”. Era más grave que lo mencionado anteriormente porque no se quedaba en un sentimiento interior de odio, sino que se expresaba con palabras. Hoy vivimos en una sociedad en la que desde los programas de televisión dedicados expresamente a eso, hasta las redes sociales que se han desvirtuado para convertirse en escenarios de lapidación pública por medio de expresiones hirientes, han convertido en algo cotidiano, lo que siempre se consideró una carencia de virtud evidente: hablar mal de otros. ¿Qué maldita ventaja obtenemos en resaltar los defectos reales o inventados de los demás? ¿Quizás subir nuestra autoestima, demostrar que los demás son mucho peores que nosotros? Aunque consiguiéramos esto último, el precio a pagar es enfangar las relaciones con los demás en un barro difícil de limpiar posteriormente. 

Pues bien, Jesús dijo que este odio expresado en una palabra desdeñable era merecedor de la intervención del Tribunal Supremo, se refería al Sanedrín, la más alta instancia judicial judía, formada por 70 ancianos de experiencia y con sede en Jerusalén. Los que escucharan a Jesús, pensarían que le estaba dando una importancia desmedida a una simple expresión peyorativa hacia alguien, pero él quería destacar la importancia que todas estas etapas previas tenían antes de llegar al extremo del asesinato, estaban íntimamente relacionadas.

Finalmente, el tercer supuesto era llamar “despreciable necio” a alguien. Esta expresión era mucho más grave que la anterior, tenía, según los lexicógrafos, relación con la rebeldía, se refería a alguien que carecía de valor moral y rechazaba a Dios. Se puede decir que el individuo que calificaba a otro de esa manera, estaba tomando la posición de Dios, el único que tiene autoridad para juzgarnos en esos términos. ¡Cuántas veces ocupamos esa posición que no nos corresponde cuando calificamos a alguien como un caso perdido, como quién no tiene remedio! Considerarlo de esa manera, hasta nos hace pensar que no merece vivir, que mejor estaría muerto, por eso Jesús dijo que eso nos haría a nosotros, los jueces impostados, merecedores de la Gehena de fuego. Se refería a un valle aledaño a Jerusalén donde se quemaban los cadáveres de los individuos más malvados y no merecedores de un entierro digno, en realidad, representaba una destrucción completa.

A todos nos debería hacer pensar hasta qué punto, el odio, las expresiones de desprecio y acabar catalogando a alguien como merecedor de no vivir, aunque no lleguen al extremo de materializar el odio que esconden con un asesinato, nos pone en una situación preliminar muy peligrosa, genera enemistades y ensucia las relaciones pacíficas, lo que a lo largo de la historia ha acabado en las peores conflagraciones bélicas. 

No tengo la menor esperanza en que la sociedad en general camine en sentido contrario al que he expuesto en este filosófico escrito de hoy, veo la tendencia contraria a medida que pasan los años, pero no creo que debamos tirar la toalla a título individual. A fin de cuentas, lo que más nos afecta es lo que nos rodea de forma más cercana. Recordemos que el término prójimo, es similar al también castellano, próximo, se refiere a las personas con las que nos rozamos en el día a día. En nuestro microcosmos, todos podemos hacer el esfuerzo de evitar esos tres supuestos tan relacionados con algo tan abominable como un asesinato. 

1) Podemos eliminar el rencor hacia el que supuestamente nos ha ofendido. ¿Tan grave fue su ofensa? ¿De verdad no puedo seguir viviendo y haciendo cosas significativas en mi día a día debido a esa transgresión? ¿Quién va a sufrir realmente por mi resentimiento, el supuesto ofensor o yo?

2) ¿Por qué no cuidamos un poco más cómo nos referimos a otros? Todos somos muy rápidos calificando a los demás, aunque sea con apelativos que consideramos poco graves, pero que minan su reputación, poco a poco. Es mucho mejor destacar los aspectos positivos de los demás. He hablado de muchas personas que han pasado por mi vida en este diario. He intentado no ahondar en sus aspectos negativos, porque me hace mucho más bien recordarlos por sus facetas en las que me inspiraron, motivaron a ser mejor persona y dejaron una huella positiva en mi recuerdo. No se trata de esconder los ojos al daño recibido, sino enfocar la mirada en lo que, hoy día, me puede arrancar una sonrisa, que me reconforta mucho más que una ofuscación.

3) Dejemos ya de hacer el papel que no nos corresponde. Por muy mal camino que alguien haya tomado, no soy yo quién tiene que determinar el futuro eterno de nadie, y menos mal que no me han otorgado esa pesada responsabilidad. Hasta los peores derroteros han conseguido dar un giro radical en su rumbo. Prefiero alegrarme por ese caso excepcional que escapó de la “muerte” anunciada, que por acertar en los muchos que acabaron como yo los sentencié. Ver nuestro mundo cotidiano rodeado de malhechores impenitentes, nos hace vivir en un entorno lamentable, que para nada se corresponde con la realidad de nuestro pequeño mundo, el de nuestro día a día, nuestra familia, nuestros compañeros de trabajo, vecinos y aquellos que son nuestro verdadero prójimo, nuestros “próximos”.



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