Hombros más que codos.

8 de febrero de 2026.

Lecciones, si no aprendemos lecciones de lo que nos pasa, mal vamos. Estos días nos estamos enfrentando a situaciones totalmente insospechadas. Que vivíamos en uno de los puntos más lluviosos de España ya lo sabíamos, pero también nos ufanábamos de que en una zona montañosa el agua nunca iba a provocar inundaciones, que iba a correr pendiente abajo y el problema lo iban a tener zonas mucho más llanas. Pues nada, la primera en la frente, ¡quién se iba a imaginar que la inundación vendría del subsuelo!
Pensar que mi tan visitada Grazalema iba a ser evacuada después de presenciar imágenes irreales de viviendas escupiendo agua de sus suelos y paredes no se le ocurriría ni a la febril imaginación del autor de El Señor de los Anillos.
Veníamos de algunos años en los que el tema de conversación reiterado era la sequía y los pantanos vaciados. La preocupación pasaba por acudir a desaladoras para abastecer de agua a gran parte del litoral mediterráneo, los trasvases para compensar el desfase hídrico de la península. Pues nada, en estos días el rompecabezas consistía en ingeniárselas para desembalsar agua lo más rápidamente posible de los pantanos para evitar inundaciones apocalípticas.
Ayer, en las horas más críticas, aquellas en las que se esperaban las lluvias más cuantiosas, centenares de mis vecinos, jóvenes con fuerzas y dinamismo, se movían de un sitio a otro para intentar minimizar los daños esperados, retirando al son de lo que dictaban las autoridades y los técnicos de emergencias los posibles obstáculos que podían taponar las vías de desagüe. En el entorno que conozco, los cientos de desalojados que desgraciadamente han tenido que abandonar sus hogares, en su inmensa mayoría no han tenido que dormir en lugares públicos que se habilitaron para ello, lo han hecho en casa de vecinos y familiares que generosamente las han ofrecido.
De todo esto, como decía al principio yo, al menos, saco lecciones. Una que ya aprendí con mi enfermedad, vuelve a aparecer en una clase de repaso: no te sorprendas porque te ocurran imponderables, la vida está cargada de sorpresas, algunas de ellas bastante desagradables y ninguno podemos librarnos de estas, ni muchas veces preverlas.
No se trata de vivir con miedo y recordarnos cada día que podemos tener un accidente, contraer una enfermedad, perder a un ser querido o sufrir la traición de alguien que debería amarnos. Vivir continuamente anticipando desgracias no es una forma saludable de pasar por la existencia, pero lo contrario, pensar que poseemos una especie de inmunidad y que lo malo no nos va a llegar o siempre le va a pasar al vecino tampoco es sano.
En mi caso creo que me ayuda estar convencido de que somos vulnerables, que no es una jugarreta del destino, ni el designio de un ser maligno que la tiene tomada con nosotros el que nos envía enfermedades, catástrofes o desgracias, sino que en un mundo y universo en el que se mueven fuerzas tan poderosas y desconocidas, los seres humanos somos motitas frágiles de polvo que podemos ser zarandeados por azarosos contratiempos con suma facilidad.
Estar consciente de nuestra fragilidad, en mi caso, me ayuda a no recibir con una frustración desmedida los reveses, ni tratar de luchar en mi interior contra lo que puede ser considerado una injusticia. Me ayuda a contemplar con cierta aceptación y no tanto con resignación, lo que considero una posibilidad que por estar ahí, agazapada a la vuelta de la esquina, puede tocarme a mí sin premeditación ni alevosía.
Y una bonita segunda lección es que el ser humano, en general, saca en los peores momentos algo de eso que nos debería caracterizar, la solidaridad, que es una derivada de la cualidad con la que Dios nos hizo a su imagen y semejanza, el amor. Aunque por múltiples razones este mundo vive un espíritu de crispación y odio, en nuestra naturaleza subyace el impulso de ayudar al prójimo cuando lo necesita y momentos críticos como estos nos deberían recordar que más allá de ideologías, todos habitamos el mismo delicado espacio de un planeta frágil que es mucho más habitable cuando arrimamos los hombros entre nosotros y no sacamos los codos.