(91º) DIARIO DE UN LINFOMA (Adolescentes de 80 años).

(91º) DIARIO DE UN LINFOMA (Adolescentes de 80 años).

28 de agosto de 2022.

Hoy llevo una mañana ocupada y no he podido empezar mi diario hasta muy tarde. Anoche me dopé con Noctamid y he dormido bastante bien, ¡casi 9 horas! No me he levantado muy mal, aunque no suele ser el peor día post-quimio. La mañana se presenta fresca y sin viento, ideal para disfrutarla, aunque no he podido hacerlo mucho, tan solo un ratito mientras desayunaba. 

El atardecer de ayer fue espectacular. Ahí van un par de imágenes:


Es increíble que cada día se dibuje una puesta de sol particular. Las podemos ver miles de veces y nos siguen produciendo la misma impresión. ¿Qué existirá en nuestro interior hacia la belleza para que nos impacte de la manera en que lo hace? Qué poco tiene que ver con la supervivencia, ni cualquier instinto de orden material. La admiración que sentimos ante los espectáculos que nos ofrece el cielo o la tierra nos lleva a dejar a un lado hasta otros menesteres que exigirían nuestra atención más perentoria y vital para deleitarnos en algo que ni nos llena el estómago, ni cubre necesidad física alguna, pero que sí cubre nuestro interior de emociones incluso más placenteras que las que puedan producir las otras.

En mis últimas entradas autobiográficas dejé mi historia en los últimos años que pasamos en Valverde del Camino. Mi trayectoria allí terminó en el año 2000. Recapitulando sobre lo vivido en los 8 años anteriores, con lo que me quedo es con las amistades y experiencias que viví con las personas que se cruzaron en mi camino, o más bien, con las que me crucé yo, que fue el que invadí los espacios que eran comunes para ellos. 

Un privilegio inusitado de mi paso por aquella querida congregación fueron las 4 personas a las que pude ayudar a conocer al Dios que yo admiro. Manuel y Lucía, mis calañeses preferidos, continuaron su estudio de la Biblia con Rubi y conmigo, aunque fue Ani, una compañera de Valverde la que puso las primeras semillas en sus corazones. Unos años más tarde ambos se hicieron hermanos de creencia cuando lo simbolizaron en bautismo.

Mario, el esposo de Loli, que ya era testigo, llegó a entablar conmigo una buena amistad, que le llevó a interesarse también por estudiar la Biblia conmigo y terminó convirtiéndose en un nuevo testigo de Jehová de la congregación. Hoy sirve como anciano en ella.

Finalmente, Samuel, un joven, cuya madre también era miembro de la congregación, aceptó buscar respuestas a las preguntas que se hacía desde pequeño sobre el sentido de la vida. Aunque no había perdido todo el contacto con los demás miembros de la congregación, no asistía a las reuniones ni siguió investigando en las Santas Escrituras. Aceptó hacerlo conmigo y tuvimos oportunidad durante algún tiempo de compartir muchas interesantes tardes, buscando la respuesta a esos interrogantes que casi todos los jóvenes se hacen en algún momento de su vida. Hoy también es mi hermano y vive en Barcelona.

Pocas cosas puede haber en la vida más satisfacientes que ayudar a otros. Cuando esa ayuda es de tipo material, produce un efecto temporal, aunque el agradecimiento se prolongue por algún tiempo. Un buen amigo me decía desde pequeño que si, en algún momento de nuestra vida, ganábamos algún dinero más del que precisamos para vivir, una buena manera de emplearlo era ayudando a otros. Y tenía razón, echarle un cable a tu familia o amigos cuando lo necesitan, nos permite comprobar la veracidad de las palabras de Jesús: “Hay más felicidad en dar que en recibir” (Hechos 20:35). No obstante, pagar un recibo de la luz, es una aportación que tendrá el recorrido de solo un mes, otro tipo de ayudas son mucho más permanentes.

En 30 años tratando con jóvenes en el instituto, te das cuenta de que la desorientación a la que se enfrentan hoy es mayor a medida que pasan los años. Disponemos de más información que nunca, y parece que eso nos sitúa en un cruce de caminos con cada vez más bifurcaciones por delante. Los valores que por siglos se consideraron inmutables, hoy caen uno detrás de otro como los naipes de un castillo formado por ellos. Ya no se necesitan décadas para sustituir a los héroes por villanos, en cuestión de horas, cualquiera puede pasar de un papel a otro gracias a la inmediatez de las redes interconectadas que surcan el mundo. 

Mi modesta aportación no material para ayudar a otros ha consistido en ofrecer una orientación hacia un rumbo que no he marcado yo, sino que hace 2000 años un personaje ejemplar delineó de forma magistral con unas enseñanzas imperecederas. He podido ver cómo esas líneas maestras de conducta han ayudado a innumerables personas a enderezar el rumbo de sus vidas, encauzar derroteros autodestructivos y evitar tropiezos de difícil recomposición. En medio del caos moral en el que nos encontramos, no encuentro otra forma más útil y accesible de contribuir al bienestar de otros que compartiendo algo que no solo nos ofrece herramientas para desenvolvernos en esta tempestad de estímulos contrapuestos, sino que nos da una magnífica esperanza para el futuro.

Entre las personas que encontré en mi paso por aquella zona de Huelva, recuerdo a mi querido Enrique, natural de Tarsis, que se acababa de mudar a Valverde con 76 años. Había enviudado hacía poco y no tenía hijos. Rosana y Mari Carmen le dieron clases de la Biblia y se hizo testigo en la octava década de su vida. Su valentía fue admirable. Había sido hermano mayor de la cofradía de su pueblo, legionario de joven, de aquellos con el tatuaje de “Amor de madre” y una cruz en el antebrazo. Con una limitada educación seglar, aprendió a leer con soltura y participaba ayudando a otras personas a conocer lo que a él tanto le estaba sirviendo para mirar al futuro con esperanza en los últimos años de su existencia. 

Enrique no temía visitar su pueblo y hablar de sus nuevas creencias, que habían dado un vuelco a las que había compartido desde su infancia con sus paisanos. Tenía una fuerte personalidad y no quería que le dijeran dos veces lo que tenía que hacer. Físicamente había sido un hombre castigado, su cuerpo encorvado y enjuto indicaban que había padecido una vida sin mucha abundancia material, pero sí de trabajo y penurias. Ahora que se había quedado solo, decidió mudarse a Valverde y alquiló una casita donde vivir. 

Me impresionaba su humildad. Yo era un chiquillo de veintipocos años, pero me escuchaba con admiración por mi responsabilidad como anciano de congregación. Su impulsividad le llevaba a veces a tomar decisiones apresuradas y un imberbe como yo, a veces, le animaba a corregir esos impulsos. El hombre no se incomodaba escuchándome, sino todo lo contrario, era presto en deshacer alguno de los errores que cometía. 

Recuerdo una fría mañana en Santa Bárbara, que visitábamos a las personas dejándoles algunas de nuestras revistas. José Tomás, un joven de la congregación, lo acompañaba, yo iba solo. Íbamos los tres de puerta en puerta por la misma acera. En un momento dado, ellos dos estaban enfrascados en una pequeña discusión. Enrique le había insistido tanto, según José Tomás, a una señora para que se quedara con las publicaciones, que a pesar de haber dicho que no le interesaba leerlas, por la insistencia de Enrique se las quedó. Preguntaron mi opinión y a la luz de lo que expusieron, le aconsejé que no fuera tan insistente, que si alguien decía que no iba a leer lo que queríamos dejarle, no había que importunar. Inmediatamente Enrique se dio media vuelta y fue como un rayo a pedirle a la señora que le devolviera las revistas. Entre José Tomás y yo, sujetándolo por ambos brazos nos costó trabajo que desistiera del intento. Menos mal que conseguimos hacerle ver que iba a ser peor el remedio que la enfermedad, que dejara estar las cosas y que simplemente no fuera tan machacón la próxima vez.

Cuando él entendía que había cometido un error se imponía sus propios castigos. Se encerraba en su casa durante 24 o 48 horas y no le abría la puerta a nadie. Era su forma de fustigarse cuando entendía que erraba.

Un episodio de su vida que a todos nos enterneció en la misma medida que nos hizo sonreír fue la historia de amor que inició con Rosa, una portuguesa que vivía en Cataluña a la que no recuerdo cómo conoció. Ella también vivía sola. Aquel hombre de dicción tan limitada le escribía unas preciosas cartas de amor a su novia octogenaria, con unos poemas dignos de un aprendiz de Bécquer. Yo no imaginaba que aquello desembocaría en boda, pero lo hizo y no a mucho tardar. Se casaron en el Ayuntamiento de Gerona, si mal no recuerdo, y con una anécdota parecida a la que ya conté de mis queridos Isaac y Ángela, si bien con un motivo bien distinto. Después de realizar los votos delante del funcionario municipal, cuando le dijeron que podía besar a la novia, Enrique no se enteró, porque empezaba a desarrollar una sordera pronunciada. Fue la propia Rosa, la que le jaló del brazo diciéndole: “¡Qué me beses!” (tengo foto de la boda, pero la incorporaré cuando la encuentre).

No es la foto de la boda, pero aquí aparece con Rosana y Mari Carmen.

Enrique y Rosa vivieron hasta el fallecimiento de ambos en Valverde y pasaron acompañados los últimos años de sus vidas. Hacían una pareja muy particular. Rosa, después de décadas viviendo en España, todavía conservaba un español salpicado de términos portugueses y la comunicación entre ambos, entorpecida por la sordera de Enrique, no era la más fluida, no obstante, era una imagen impagable verlos por la calle dados de la mano. El amor, ni entiende de fronteras, ni le importa el calendario.

PLAYLIST ACTUALIZADA (Mi amiga Silvia me ha recomendado que haga una lista de reproducción en YouTube y no tengo que pegar cada enlace individual. Es que no hay nada como conocer las cosas. OJO: Hay que darle a VER EN YOUTUBE)

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