(52º) DIARIO DE UN LINFOMA (El Alpinista).

(52º) DIARIO DE UN LINFOMA (El Alpinista).

18 de julio de 2022.

Autor foto: Claire Andre. Creative Commons.

Empieza a pesar un poco este periodo de encierro. Estos días bochornosos de calor, lo único bueno que tienen para mí, es que te obligan a no salir en las horas centrales del día, pero este aislamiento se hace un poco largo. Ayer por la mañana tuve una visita de mi hermana Tere y sus dos hijas, Luzma y Maite. A la hora que vinieron pudimos sentarnos al aire libre en mi terraza y se estaba bien. Al menos charlamos un poco y me distraje.

Esta noche la he pasado un poco inquieto y molesto, las dichosas náuseas no me acaban de dejar disfrutar del descanso a pierna suelta. Sentía un poco de inquietud por el viaje del que acabo de regresar de Arcos de la Frontera para hacerme la analítica urgente. Los dos únicos laboratorios de Ubrique en los que podía obtener el hemograma no estaban disponibles, uno por avería de la máquina y otro por vacaciones del encargado, así que tuve que desplazarme 50 kms., en ayunas, para hacérmela en el pueblo más cercano con laboratorio. Mantener el estómago vacío todas estas horas contribuye a tenerlo en pie, como decimos por aquí. El señor Antonio me recibió amablemente en su oficina y en media hora tuve los resultados. Hoy es el sexto día después de la quimio y mis leucocitos están en 5.000 y mis plaquetas en 205.000, no muy altos, pero dentro de los niveles normales. Mis neutrófilos son mayoritarios en el ejército defensivo, con un 73%, pero eso se debe a que mis linfocitos están mermados y solo suponen el 25%. Lógicamente, yo no sé interpretar estos valores correctamente, pero lo que parece claro es que, en la primera semana post quimio, no es cuando se produce la bajada más acusada de mis componentes inmunológicos, así que eso determinará la decisión que tome Jesús en cuanto a cuándo inyectarme el Filgrastin, para subirme dichos niveles. Acabo de enviarle el resultado y espero sus instrucciones.

El martes volvía a presumir de venas con Paula, la enfermera del hospital de día, y le dije que repitiera insertándome la vía en el mismo brazo izquierdo, porque así estaba más cómodo para mover el derecho durante tantas horas. Ella me dijo que se solían alternar los brazos para no estropear las venas, ya que se endurecen. Pues nada, uno va aprendiendo a fuerza de tropezones y ya ayer me noté mi brazo izquierdo dolorido y el conducto ya agujereado mucho más rígido y con molestias. El próximo pinchazo tendrá que ser en el derecho, por algo me lo advertía Paula. Hay que hacerle caso al que sabe.

Ayer mi Rubia me dio una grata sorpresa. Ya conté con su autorización, en mi post (XXV) DIARIO DE UN LINFOMA (El cáncer no es el único asesino silencioso), que en los últimos años ha sufrido una depresión grave y que todavía está en tratamiento y de baja laboral debido a sus efectos. Como también expliqué, en algunas entradas del diario, fui más explícito de lo que a ella le hubiera gustado, en algunos otros escritos del diario, sobre sus aspectos personales, por lo que procuro limitar un poco su exposición, aunque no lo haga tanto con la mía. Cada uno tiene derecho a delimitar su privacidad de la forma que considere conveniente.  Para lo que voy a detallar a continuación tengo su autorización,  cuenta con su supervisión y el check de aprobación en cuanto a censura.

Un derivado de su enfermedad es un trastorno denominado alexitimia. Es más frecuente de lo que podamos pensar. Se trata de una incapacidad para expresar emociones, primero de detectarlas en uno mismo, y más tarde de expresarlas hacia los demás. Rubi siempre ha sido más introvertida que yo y más celosa de su intimidad, pero en los últimos años, ese reparo se había convertido en una anomalía que produce mucho sufrimiento. Vuelvo a sacar a la luz la incapacidad que muchas veces tenemos para ver más allá de lo obvio, esa perspicacia de la que hablaba ayer. A veces, las personas no muestran sus sentimientos o emociones, sencillamente porque no pueden. Hay personas que gozan de una transparencia tremenda, lo cual no es necesariamente malo, sino todo lo contrario. Todos conocemos a personas que son de lágrima fácil, se emocionan y lo exteriorizan con rapidez, tanto si se sienten desdichadas como contentas. Otros muestran su ilusión con expresiones cercanas a la euforia y su frustración con evidentes gestos sombríos. Pues eso les es de más beneficio que perjuicio, porque alguien que sufre alexitimia, aunque sienta la más profunda pena, es incapaz de llorar, o si se encuentra absolutamente enojada, no puede alzar la voz o mostrar su desagrado. Esa contención involuntaria de emociones se convierte en una gangrena que carcome a la persona por dentro.

Mi Rubi me ha dicho muchas veces: “¡Cuánto me gustaría poder llorar, o gritar, o patalear de enfado!” Ese estado se parece mucho a un coche con el acelerador y el freno pisados a la vez, como uno puede imaginar, nada bueno debe pasar en el motor si la situación se mantiene por mucho tiempo. Expongo esto con su autorización, igual que hablé con naturalidad de su enfermedad mental, porque ya va siendo hora de que se visualicen este tipo de patologías. Seguro que muchos de los que me leen se identifican con alguna de estas circunstancias. No me cansaré de decir, porque siempre lo he hecho, que si se nos estropea el hígado, el páncreas, el riñón o el sistema linfático, como a mí, ¿acaso no va a hacerlo nuestro cerebro, en el que se producen los procesos químicos más complejos y delicados de todo el cuerpo? El hígado o el riñón a veces nos pueden poner de color amarillo, pero la negrura de nuestras neuronas nunca es observable de forma tan obvia, en la mayoría de las ocasiones queda oculta en el interior de la persona que lo sufre, y eso solo añade más oscuridad.

La alegría me vino ayer por parte de mi Rubi porque empiezo a verla reaccionar con más normalidad, a exteriorizar un poco lo que recorre su interior. Puede parecer extraño, pero hace unas semanas se enfadó conmigo y me alegré, porque si uno se siente así, tiene que mostrarlo, sobre todo, cuando contenerse, en este caso, es una actitud enfermiza. Quizás una persona sin esta limitación haga bien en controlar sus emociones, porque, en general, no es bueno dar rienda suelta a todo lo que nos pasa por la cabeza; eso acabaría con una cualidad deseable como es el autodominio, pero para mi Rubia, mostrar cómo se siente, supone para mí una liberación y para ella, todavía más. Poco a poco, la veo reírse un poco más, mostrar su carácter “Candela” (el apodo de su familia) de vez en cuando, llorar cuando la ocasión lo demanda y, lo que ayer me tocó, desplegar su amor cuando lo siente. La persona que vive con un enfermo de depresión es la que más percibe, como es natural, el cambio de carácter que se le produce, una alteración que llega a hacer que el individuo se comporte como si fuera otro. Precisamente, como expliqué en esa entrada XXV de mi diario, lo que más me ha ayudado a actuar con comprensión es personificar su enfermedad, darle incluso un nombre (la Lola), para decirme: “No, la que actúa así no es mi Rubi, es la Lola, ella no es así”.

¿Recordáis cuando conté la historia de nuestras innumerables cartas que hacían el recorrido Ubrique-Cádiz varias veces a la semana durante nuestros años de noviazgo? Durante los 34 años de matrimonio no ha hecho falta, por supuesto, esa correspondencia. La cercanía del día a día de convivencia lo hacían innecesario, pero sí que hemos intentado mantener las muestras de afecto de forma cotidiana. No recordamos muchos días sin te quieros, sin demostraciones físicas de cariño y, de vez en cuando, de mensajes redactados que quedaran plasmados en algún formato, fuera electrónico o físico, con más permanencia. Yo he sido más prolífico en ese particular, pero a ella también siempre le ha gustado escribir y me lo ha expresado. En los últimos años, eso último había quedado reducido al mínimo exponente. Ayer fue la excepción y me pilló absolutamente de sorpresa. 

Me dijo que leyera su estado de Whatsapp para ver qué me parecía el poema que se le había ocurrido mientras limpiaba en la planta de abajo de nuestra casa. Iba dedicado al alpinista. Empezaba a estar tan acostumbrado a su alexitimia, que lo tuve que releer para siquiera intentar adivinar a quién iba dedicado. En su afán metafórico, que tanto le gusta en sus escritos, imaginé que podía referirse a cualquier persona o cosa, pero no que fuera dirigido a mí. Cuando le pregunté por el destinatario de su poema, por su alpinista, respondió con sorna: “¿Pues a quién va a ser? Al amante que me he buscado”. Con su sonrisa pícara no hizo falta que me aclarara nada más, yo era el alpinista, y ni el frío en la cumbre que me hizo subir en un segundo, ni el asombro que provocó, pudieron impedir que ese nuevo signo de su recuperación, en forma de versos, acabaran en otro segundo con mi compostura. Sí, la alegría, en preciosas ocasiones, te hace llorar con más fuerza que la pena.


 

 

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