¿Y si no vamos en la dirección correcta?

¿Y si no vamos en la dirección correcta?

8 de septiembre de 2026.

Hoy se ha publicado el informe PISA con datos de 2025. No voy a entrar en un desglose cuantitativo exhaustivo, no pretendo deprimir todavía más a la profesión docente, y menos en vísperas de mi próxima jubilación, sonaría a recochineo. Solo voy a quedarme con un dato. Desde el inicio España ha retrocedido en las habilidades relacionadas con la lectura 42 puntos. Según el organismo que se encarga de la prueba, la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), 20 puntos suponen aproximadamente un curso académico, por lo que 42 es algo más de 2. Esto quiere decir que nuestros alumnos de 4º de la E.S.O. entran en 1º de Bachillerato con un nivel de 2º de la E.S.O.

Los profesores que imparten Bachillerato llevan tiempo diciendo que los alumnos que acceden a este nivel vienen cada vez con menos formación, que algunos no saben ni hacer una simple regla de tres, ni entender un texto sencillo. Ahora se constata que esa sensación no es subjetiva, queda refrendada por los datos concluyentes de PISA. 

En España hemos tenido numerosas leyes de educación, la última buscando, una vez más, novedades metodológicas que puedan remediar esta lamentable deriva cognitiva. Sí, ahora el deterioro cognitivo no es fruto de la senescencia, lo llevamos arrastrando desde la adolescencia. Pero mi planteamiento es el siguiente, llevado a mi campo favorito, el tenis.

Imaginemos que en los próximos 20 años se imponen nuevas metodologías de enseñanza del tenis, se cambia el papel y la autoridad del monitor y entrenador de profesionales, se pone el foco en otras facetas de la enseñanza de este deporte: la inclusión de tenistas con menos cualidades, el acceso a competiciones aunque no se dé el nivel necesario, se cambian los contenidos de las clases, la forma de evaluar la calidad de los golpes, etc. Tras 20 años los tenistas de ese tiempo golpean, usando el mismo material, menos fuerte la bola, no son tan capaces de generar los mismos efectos, aumentan los fallos no forzados, en definitiva, con valores objetivamente medibles son bastante más torpes que sus predecesores de 2 décadas antes. ¿El mundo del tenis se plantearía cambiar a otra nueva metodología o explorar otras vías de aprendizaje y entrenamiento? ¿No sería más fácil, en un principio, volver a lo que funcionó en el pasado y hacía más aptos a los tenistas, quizás solo incorporando lo imprescindible que imponga la nueva realidad?

En la educación, ¿no sería planteable volver a lo que estábamos haciendo bien hace 20 años? ¿Habría que volver al nivel de exigencia académica de entonces, sin abrir tanto la mano para tratar de recoger y empujar a los rezagados a niveles que no les corresponde? ¿Tendría que volver a ganar protagonismo el lápiz y el papel antes que las pantallas y el mundo digital? ¿Se deberían volver a poner las notas sin el galimatías de tantas competencias y criterios que nos vuelven locos a los docentes y regresando a esas medias aritméticas sencillas fruto de pruebas objetivas? ¿Tendría que recuperar el docente la autoridad que cada vez más ha ido perdiendo ante familias y responsables políticos? ¿Debería volver el consenso en esta materia dejando a un lado intereses partidistas? ¿Será que no era tan malo aprender algunas cosas de memoria como las tablas de multiplicar o los ríos de España? ¿No habría que dejar para otros ámbitos algunas enseñanzas y valores que se tratan de meter en los centros educativos con calzador cuando deberían dejarse para familias y otras comunidades, como las religiosas, usando ese tiempo para impartir conocimientos más neutros y útiles? ¿No sería conveniente volver a incentivar la excelencia, sin detrimento de la debida consideración a los menos aptos?

En fin, esta situación de deterioro educativo obedece a muchos factores y una sola persona no sería capaz de abordarlos todos, pero mientras sigamos por el mismo camino que llevamos en los últimos años el resultado no va a cambiar. Si seguimos andando alejándonos de la orilla, cada vez estaremos más lejos del mar. Cambiar de rumbo dando marcha atrás no es una derrota cuando se tiene la suficiente humildad para reconocer que andamos errados por una brújula averiada.

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