Al otro lado del teléfono.

2 de agosto de 2026.
No sé por qué al recostar mi cabeza para la bendita siesta ha venido a mi mente el número 1007. Era el teléfono que en los años 70 asignaron a mi casa. En ese día no había muchos en el vecindario, de hecho no eran pocas las vecinas que ofrecían nuestro número a familiares de fuera para que los llamaran allí en caso de necesidad. Esos dígitos luego incluyeron el de la localidad delante, el 46, y en los años 90, creo recordar, hubo que anteponerle el de la provincia, 956.
Mi familia no disponía de la economía más holgada, pero mi madre siempre consideró el teléfono imprescindible para estar en contacto con el resto de parientes que estaban repartidos en otras poblaciones. Era habitual que mi madre llamara de vez en cuando a mis tíos de Arcos, Jerez, Cádiz o Málaga para saber de ellos. Cuando nosotros vivimos 8 años en Huelva, nunca faltaba esa llamada semanal con la voz inconfundible de mi madre al otro lado que me decía: “Manolo, que llamo para saber cómo estáis”. Tenía que tener muy en cuenta los minutos que empleaba porque no eran pocas las veces que mi padre protestaba cuando llegaba la factura bimensual con cifras más altas de lo esperado. Aunque las llamadas locales resultaban baratas, subían las provinciales, bastante más las interprovinciales y las internacionales resultaban del todo prohibitivas.
El papel de mi madre a través del teléfono era el que jugaban no pocas como amalgama de cohesión entre sus hijos. A través de ella me enteraba de las noticias más relevantes del resto de la familia. Ella se preocupaba de que no pasáramos por alto las alegrías y desdichas de los demás. “A ver si llamas a tu hermana, que ha estado mala” o “¿No te ha llamado tu hermana para preguntarte una cosa? Es que está preocupada y a lo mejor no quiere molestarte, pero quería que tú le ayudaras con unos papeles”. No eran pocas las veces que alguna de mis hermanas me decía: “Perdona que no te haya llamado para saber de ustedes, pero bueno, mamá me tiene al día”. Eso mismo, desde luego, dije yo mismo muchas veces.
A mi madre le encantaba el teléfono y seguramente una de las mejores noticias que se llevó, cuando ya era bastante mayor, es que existía algo así como una tarifa plana para las llamadas locales primero, que más tarde se convirtieron en nacionales. A ella le gustaba saber de sus hijos a diario, si era posible, y esos minutos de charla le daban vida cuando ya su cuerpo no le permitía desplazamientos para vernos en persona.
Sin duda, una de las noticias más traumáticas que me llevé fue el momento en que la demencia incipiente de mi madre le impedía llamarnos por teléfono y, poco después, ni descolgarlo. Ese mismo proceso lo vivimos con mi padre cuando ya ni los terminales con teclas gigantes, ni los teléfonos memorizados para llamar con una sola pulsación funcionaban. No digamos ya el día que te enfrentas a la triste realidad de que nunca más nadie va a contestar al 956461007.
No pretendo dejar un sabor amargo con esta última reflexión, más bien ensalzar ese papel cohesionador e integrador que juegan los padres en las familias y, sobre todo, volver a insistir en valorar esos pequeños privilegios que, llegado el momento, se pierden. Unos minutos de charla con padres o abuelos no suponen solo oro para ellos, deberían también ser valorados por hijos o nietos como lo que son, tesoros irrepetibles que un día desaparecerán. Hoy acabo pronto que tengo que hacer un par de llamadas.