¿Solo reflejos?

¿Solo reflejos?

16 de junio de 2026.

Paseo por las calles de mi pueblo a menudo, casi cada día cuando voy y vengo al instituto. Lo cruzo prácticamente de punta a punta recorriendo la más transitada, la avenida de España. En ese recorrido me cruzo con muchas caras conocidas, aunque ignore sus nombres, pero sé que son personas de toda la vida de Ubrique, reconocibles porque cuando pasan a mi lado por un centro comercial de Jerez o un paseo marítimo de Cádiz sé que pertenecen a mi pueblo, aunque no sepa cómo llamarlas o a qué se dedican exactamente.

Criarse en un pueblo relativamente pequeño tiene ese componente de familiaridad con las personas que lo habitan, con muchas de las cuales has compartido colegio, salas de espera en el médico, trabajos, presencias en comercios como clientes, hijos escolarizados, actividades deportivas y encuentros, muchos encuentros en todos los recodos de sus calles.

6 décadas casi ininterrumpidas viviendo en el mismo sitio te permiten valorar lo diverso que es el recorrido vital de las personas, pero también las coincidencias, que son muchas más que las divergencias.

Remitiéndome a los más de 30 compañeros de colegio que me acompañaron a lo largo de los 8 años de E.G.B. más los del instituto, uno observa como, cada uno, hizo su camino a su manera. En el plano laboral algunos terminaron como mecánicos, marroquineros, profesores, médicos, veterinarios, empresarios, comerciales y muchos más. En el aspecto familiar casi todos formaron un núcleo y tuvieron hijos, pero también los hubo que perpetuaron su soltería. Algunos se dedicaron a la política, optando tanto por posiciones de izquierda como de derecha, otros se mostraron abiertamente religiosos, como feligreses católicos o como fue mi caso, optando por una religión minoritaria, otros tantos navegaron entre los mares del ateísmo y el agnosticismo.

He tenido compañeros que han practicado siempre algún deporte, otros han sido carnavaleros, algunos escritores, locutores de radio, concejales, policías. Todos y cada uno de los que hacen funcionar una población como Ubrique han sido, de algún modo, vecinos cercanos que han compartido espacio-tiempo conmigo. En un mundo o universo con eones de antigüedad, podría considerarse casi milagroso coincidir durante estos últimos 60 años con cada uno de los individuos que me rodean.

Y, al final, de lo que te das cuenta es de que, como decía, tenemos mucho más en común de lo que nos separa. Si el aire que respiramos por esta sierra es más o menos puro, nos beneficiamos o perjudicamos a la vez, los fenómenos meteorológicos adversos, como las semanas de lluvias torrenciales de este invierno, los sufrimos juntos. La falta de médicos, tener que viajar para ser hospitalizados, los vaivenes del mercado laboral asociados a la industria de la piel, el buen hacer o las meteduras de pata de nuestros políticos, las curvas y baches de nuestras carreteras de acceso, todas son circunstancias que nos tocan por igual.

Pero, además, compartimos el habla, el deje, los giros lingüísticos que solo nosotros entendemos, los guisos de las madres y abuelas, las tradiciones y fiestas, los periodos vacacionales, el clima.

Los más viejos del lugar vivieron las penurias de la posguerra, las distintas crisis de la marroquinería, el exilio de los hijos que se fueron a estudiar y nunca volvieron. Los que ya vamos para viejos hemos compartido muchas horas de duelo a las puertas de nuestro cementerio por los innumerables seres cercanos que se fueron.

Todos hemos visto crecer nuestro pueblo, la apertura de nuevas calles, la inauguración de nuevos espacios de ocio, la construcción de sus edificios y viviendas, la apertura y cierre de incontables negocios. Solo hay que echar la vista atrás para darse cuenta de que cuando miramos a nuestro vecino del otro partido, del equipo de fútbol rival, que profesa otra fe o ninguna, que viste tan distinto a nosotros, que habita en una vivienda de otro nivel o gusta de aficiones que están en las antípodas de las nuestras, en realidad estamos ante alguien que ha compartido con nosotros mucho más de lo que nos separa. Si alguien de otro planeta nos observara deambular por nuestras calles, podría pensar que somos pocos individuos y lo que en realidad vemos son incontables espejos que nos multiplican.

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