Doñana y su mirador.

Doñana y su mirador.

21 de junio de 2026.

El mes pasado, concretamente el día 17, 30 amigos hicimos una excursión a Doñana. Durante 3 horas visitamos el parque en un autobús todoterreno, era el día de las votaciones al parlamento andaluz y nosotros botamos de lo lindo en ese vehículo que nos llevó medio camino saltando en los asientos cada vez que el camino arenoso se llenaba de badenes y baches.

Al mediodía fuimos a comer a un restaurante modesto, alejado de la playa, pero con un buen pescado fresco y a un precio razonable. Después volvimos a la zona de Bajo de Guía para encontrarnos con el grupo y tomar un helado en la plaza del Cabildo. Estaba buscando aparcamiento en la calle paralela a la playa cuando encontré uno, puse el intermitente derecho para acceder a él y, de repente, sentí por detrás un fuerte golpe de un vehículo. Era una moto que conducía un señor aproximadamente de mi edad que se había estampado contra mi coche, cayó al suelo, pero se incorporó rápidamente.

Aparqué mi coche y rápidamente acudí a auxiliar a aquel hombre que no sabía si se había roto la crisma o cualquier hueso. La moto estaba en el suelo pero él estaba de pie, doliéndose de la muñeca y la cadera pero andando y moviéndose relativamente bien, parecía que no tenía ningún daño importante.

– No lo he visto, la verdad, no sé si me distraje un momento o qué ha pasado pero no vi que estaba reduciendo la velocidad para aparcar, lo siento, claramente es culpa mía, el que da por detrás es el que paga – me dijo. ¿Qué le he hecho al coche? –continuó.

– El coche es lo de menos hombre –le dije– lo importante es que usted se encuentre bien. ¿De verdad que no se nota nada grave?

Afortunadamente se encontraba bien aunque temía que al día siguiente le dolería todo el cuerpo. Me preguntó sobre cómo arreglar los papeles del seguro, pero yo no tenía ganas de perder media tarde con el tema, el hombre se veía formal, me dijo que era el dueño del restaurante El Mirador de Doñana, que todo el mundo lo conocía en Sanlúcar y que con él no iba a tener problema alguno. Le pedí el permiso de circulación, su nombre completo y le hice una foto al documento, yo le dí mis datos y le dije que al día siguiente, lunes, ya más tranquilos nos llamábamos y arreglábamos el asunto.

Al día siguiente, a media mañana, me llamó. Yo ya había examinado mi coche y solo tenía algunos arañazos y un pequeñísimo corte en el paragolpes. Como ya estaba rayado de otras ocasiones y no vi que mereciera la pena dar parte al seguro, así se lo dije, y que lo más me importaba era que él estuviera bien. Me dijo que estaba dolorido pero que no tenía nada serio y que le gustaría compensarme.

– Le invito a comer en mi restaurante, pero no vaya a traer a 12, ¿eh? –me dijo con simpatía– pero avíseme con tiempo que gracias a Dios tengo el restaurante todos los fines de semana lleno.

– Pues mire, eso sí que se lo voy a aceptar, pero tranquilo, que seremos mi esposa y yo solamente.

Ahí quedó la cosa, pero anteayer le envié un mensaje para ver si le venía bien extendernos la invitación para este domingo sobre las 13:30, es decir, hoy. Me respondió que estaba de vacaciones pero que por supuesto, que llamaba a sus empleados para que me reservaran la mesa.

Escribo esto porque no sé si me supo mejor la comida al no tener que pagar nada o porque sencillamente es el mejor almuerzo que hemos tenido Mar y yo, que yo recuerde.

Nos atendió un encargado del local que nos relató una lista casi interminable de extraordinarios platos que tenían en la carta y fuera de ella, pero cuando le dijimos que al venir invitados por el dueño, José Manuel, nos pusieran ellos lo que vieran conveniente, que como nos gustaba el pescado y el marisco, cualquier cosa estaría bien. Me daba cierto apuro decidir yo por unos platos u otros, entendiendo que había diferencia de precios sustanciales.

– No digan más, entonces yo me encargo –respondió con presteza.

A partir de ahí, nos sirvieron un par de copas de un vino verdejo fresco, un pequeño aperitivo de tostas crujientes con una crema de pescado.

El primer plato fueron unos langostinos tigre exquisitos, nada que ver con los que venden en los supermercados, el segundo un plato con algas wakame con gambas y atún macerado, después el que para nosotros fue el plato estrella y, según nos dijo el encargado, la tapa más demandada del local, un pionono con una brandada de bacalao que tenía toques de gambas al ajillo que se deshacía en la boca y tenía un sabor incomparable. Luego nos trajeron unas almejas muy grandes que nos dijo que eran “almejas Loewe” en un caldo aceitoso espectacular. Terminaron los platos con unos lomitos de corvina con cebolla caramelizada y también un tipo de algas que no puedo describir. El postre: bizcocho caliente de chocolate con helado de vainilla y un cremoso de chocolate blanco con mango y almendra.

El lugar que nos dieron para comer era en la primera planta, junto a unas cristaleras desde las que se contempla a la otra orilla del río, el parque de Doñana. La experiencia fue sencillamente magnífica y la sensación que nos llevamos es la que le dijimos al amable encargado que nos atendió: se han ganado dos clientes que, sin duda, volveremos la próxima vez, pero pagando.

Comparto esta irrelevante experiencia porque, en ocasiones, de las pequeñas desgracias surgen también pequeñas alegrías, como la de ser objeto de la generosidad de este buen hombre, que pudo haber acabado maltrecho aquella tarde de mayo pero que, al contrario, ha podido hacernos disfrutar a dos personas que jamás habrían imaginado este giro de guion aquella tarde de mayo.

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