(XI) DIARIO DE UN LINFOMA (dolores, relojes y pantallas).

(XI) DIARIO DE UN LINFOMA (dolores, relojes y pantallas).

5 de junio de 2022

Foto de Inma Corrales. Blog de Ocurris. Esperanza Cabello.

Permitidme que empiece mi escrito de hoy con una sublime frase poética: “¡La madre que parió a la quimio!”. Perdonad el exabrupto, pero tenía que desahogarme. ¡Qué revolución me ha producido esta dichosa combinación química! Muchas veces me han dicho mi mujer y mis hijas que el desorden hormonal que, a veces, les producían sus menstruaciones dolorosas, además del síndrome premenstrual, nunca lo podríamos entender los hombres. No puedo opinar sobre algo que ni he vivido ni viviré, puesto que mi género me lo impide, pero si tiene el más mínimo parecido con lo que estoy sintiendo ahora, pido disculpas por la prolongada incomprensión. Los últimos 4 días han sido una montaña rusa de sensaciones corporales. Ayer estuve todo el día con esas molestas náuseas hasta bien entrada la tarde. Van acompañadas de una astenia acusada y la sensación de que tu cabeza no está del todo aquí, sino flotando por encima de tu cuerpo. Nunca me he drogado, pero si a alguien le suena familiar esto último y lo relaciona con algo placentero, que lo olvide, no tiene nada que ver.

 

Para combatir las fatigas (en Cádiz resulta hasta cursi decir náuseas) me recomiendan la infusión de jengibre, pero es una de las cosas a las que les he cogido un asco por el momento insuperable. Ayer me acordé de mi remedio mágico para las indigestiones: la infusión de manzanilla amarga. Todavía tenemos en un tarro las que recolectamos hace unos años en un pinar de la playa de Montegordo, en la frontera de España con Portugal. Estaba repleto de esta planta y a mí siempre me ha resultado eficaz cuando una comida pesada me producía al rato ganas de vomitar. La infusión tengo que endulzarla un poco porque esta camomila es realmente como ajenjo si la tomas sola, eso sí, rara ha sido la vez que no me ha rescatado del vómito asegurado. Pues bien, a las 6 de la tarde me tomé un paracetamol y la infusión. Un par de horas más tarde casi habían desaparecido las ganas de vomitar y parece que había recuperado algo de fuerzas. Necesito muy poco para volver a ver la vida de otro color, así que me acosté anoche esperanzado. 

 

La revolución química alcanza hasta a mis costumbres nocturnas. No suelo levantarme para ir al baño, pero estas últimas noches he tenido que ir 3 veces y a las 5 de la mañana tuve que volver a tomarme paracetamol para echar el resto de la noche tranquilo. He dormido relativamente bien hasta las 9. Al levantarme, otra sorpresa, vuelven las náuseas intensas y un mal cuerpo que no esperaba. Ya he desayunado y se han aminorado un poco los síntomas. En un rato acudiré otra vez a mi infusión mágica de manzanilla amarga portuguesa para ver si obra el milagro.

 

El umbral del dolor y la tolerancia al sufrimiento tienen una carga de subjetividad importante. No todo el mundo los soporta igual, ni siquiera la misma persona, en distintos momentos vitales los acepta, siente y percibe de la misma manera. Os contaré una pequeña historia de mi trayectoria personal ante las situaciones de sufrimiento físico, por medio de lo que pretende ser un breve relato autobiográfico.

 

Los primeros recuerdos de mi infancia en Ubrique se remontan al año 1970. Mi familia se mudó de San José del Valle, aunque mis padres proceden de Arcos de la Frontera. Mi padre tuvo el acierto de comprar, con hipoteca de por medio, un piso en la que llamaban Carretera Nueva. El casco antiguo de Ubrique se encuentra en un lugar que para algunos visitantes resulta casi claustrofóbico, incrustado a los pies de la montaña y bajo amenazantes masas de roca que parecen querer sepultar las casas. Su ubicación tiene sentido en la que fue una sociedad agrícola que aprovechaba las llanas huertas del valle por el que cursa el río para cultivar todo tipo de alimentos. Esa vega no merecía sacrificarla para edificar casas, así que el asentamiento se produjo en esa parte de la orografía que tanto llama la atención a los que nos visitan. Cuando empezó a florecer la industria marroquinera de la piel, la agricultura dejó de ser preeminente y empezaron a construirse calles y edificios en la parte más llana del pueblo, a costa de los huertos. La Carretera Nueva se llamaba en realidad calle Juan de la Rosa, en honor al presidente del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Ronda, que fue el que financió la edificación de los 6 bloques de viviendas que se hicieron en dicha calle. Cada bloque contenía 3 alturas y dos viviendas por cada una de ellas. Mi familia se instaló en el bloque A, bajo derecha. Vivíamos al otro lado del pueblo, frente al casco antiguo (la Cruz del Tajo no se cernía amenazante sobre nuestras cabezas), con los llanos de la huerta separándonos. 

 

En el bloque B vivía la familia de mi amigo de la infancia, Moisés, con el que compartía pupitre en la escuela y juegos por la tarde. Lo mismo nos moríamos de risa leyendo tebeos juntos que nos dábamos de tortas por cualquier pamplina, lo cual no impedía que al día siguiente volviéramos a ser amigos del alma. Su madre, María, era una mujer todo corazón. Hablaba tan rápido que muchas veces no la entendíamos, y teníamos que aguantar la risa para no ofenderla. Era la “practicante” del barrio. Me explico: en aquel entonces no existían tantos A.T.S. (Ayudante Técnico Sanitario) como se llamaron más tarde, ni tanto/as enfermero/as, de hecho, el ambulatorio, lo que hoy es el centro de salud, no era más que un sitio un poco cutre donde te atendía el médico de turno cuando podía. Existían algunos practicantes que te recibían en su casa y, a veces, acudían a la tuya, pero como había que pagar sus servicios, los menos pudientes se las ingeniaban como ahora os cuento. 

 

Mi vecina María disponía de una jeringa metálica que yo la recuerdo enorme. No tengo ni idea de cómo había aprendido a inyectar, porque no disponía de titulación sanitaria alguna, pero cuando el médico me recetaba antibióticos, venía a casa con sus herramientas y, después de hervirlas, cogía el botecito de antibiótico, lo pinchaba por su tapón y buscaba la manera de inyectarme en la nalga. Digo buscaba la manera porque no era tarea fácil. Recuerdo vívidamente cómo correteaba por la casa de un lado a otro huyendo del pinchazo. Menudos sofocones se llevaban mi madre, mis hermanas y ella para cazarme, acostarme a la fuerza en la cama y conseguir ponerme la inyección en ese glúteo tenso en el que casi rebotaba la aguja. Mi padre, casi siempre ausente por el trabajo, se ahorraba esos malos ratos y, de hecho, aunque hubiera estado, siempre fue tan condescendiente conmigo que estoy seguro de que no habría sido capaz de sujetarme a la fuerza para obligarme a pasar el mal trago. María, por cierto, nunca quiso cobrar ni una peseta por esa labor desinteresada que hacía. La pobre murió hace poco y sus años postreros han sido inmerecidamente dolorosos, a pesar del enorme corazón que siempre demostró, no solo con su familia, sino con casi todos sus vecinos.

 

Vuelvo a la subjetividad del dolor contando un nuevo episodio con mi “enfermera” María. Lógicamente, con el tiempo, volví a ponerme enfermo y del antibiótico no me iba a librar, así que mi padre tuvo la feliz idea de sobornarme. Me prometió que si me dejaba inyectar el medicamento sin hacer sudar a toda mi familia corriendo detrás de mí, me compraría un reloj de pulsera. Mano de santo. Aquella vez, me tendí estoicamente en la cama, me dejé bajar los pantalones y, apretando los dientes, dejé que María hiciera su trabajo sin aspavientos ni resistencias. Pocos días después lucía en mi muñeca ese primer reloj de manecillas que tan orgulloso enseñaba a mis compañeros de cole. Un simple reloj fue capaz de doblegar mi resistencia al sufrimiento.

 

La misma técnica empleé muchos años después con mi hija Keila. Antes de su pubertad nos preocupaba su talla para la edad que tenía, parecía que estaba estancada y la llevamos a un endocrino. Procedía un estudio de la hormona del crecimiento, con sus imprescindibles análisis de sangre. La primera vez que lo intentamos fue todo un espectáculo, mis carreras ante mi vecina María, 30 años antes, no eran nada para la resistencia que Keila mostraba ante la atribulada enfermera que intentaba extraerle la sangre. ¡Qué vergüenza! pensaba para mí. Y nos quedan más analíticas, esto va a ser un bochorno tras otro. Así que recurrí a la técnica que había empleado mi padre. Por ese tiempo a Keila la llamaba “botoncitos” porque no había nada que le gustase más que trastear cualquier mando a distancia, teclado o dispositivo electrónico que tuviéramos en casa, los cuales estropeaba de vez en cuando, como no podía ser de otra manera. Tenía en su escritorio un ordenador con un monitor CRT (esos cabezones que tanto ocupaban) de muy pocas pulgadas,  y ansiaba disponer de una pantalla plana y más grande. Ahí aparecía mi oportunidad de evitar un nuevo sofocón en la consulta de enfermería. Le prometí comprársela si se comportaba debidamente en la siguiente extracción de sangre. No se me olvida aquel día que acudí con ella al hospital Puertas del Sur. Entró con el enfermero y a los pocos minutos salía tan tranquila. Yo no creía, sinceramente, que pudiera cumplir con su palabra, pensaba que sus nervios podrían con ella, pero me equivoqué. Aparece por la puerta tan ufana y cuando le pregunto, me contesta: “Ah, todo muy bien, no ha sido para tanto, ¿cuándo me vas a comprar la pantalla?” Yo la miré torciendo el gesto y pensando: por el interés mueve la cola el perro, con la que nos ha dado y ahora ya no es ninguna tragedia esto de sacarse sangre.

 

Mi tolerancia al dolor se puso a prueba de nuevo cuando tenía unos 14 años. En mi familia no existía el hábito de lavarnos los dientes después de las comidas, ni de tomar suplementos anticaries, eso eran costumbres de ricos. Sí, por supuesto, abusábamos, de vez en cuando, del pan con nocilla y otros dulces que provocaron numerosas caries en mi dentadura. El odontólogo tenía un precio prohibitivo para mi familia y el bolsillo no alcanzaba para solucionar ese problema de la noche a la mañana, así que tuve que convivir con el dolor de muelas y la pérdida de un par de piezas dentales. La solución apareció gracias a un amigo de la familia, Manuel, que había hecho buenas migas con un protésico dental de Gibraltar, José,  que una vez al mes venía a su casa y atendía a sus clientes. José traía un ancho maletín negro en el que portaba todas sus herramientas odontológicas y lo mismo te hacía empastes que te medía para una dentadura postiza completa o parcial. A mí me hizo no menos de 15 empastes, la mayoría de los cuales, siguen intactos 40 años después. ¿Cuál era el inconveniente? Que, según decía, como no era médico dentista, no podía inyectar anestesia. Lo creáis o no, en un solo día tuve que aguantar hasta 4 profundos empastes, sin anestesia alguna. Tampoco disponía de esa especie de aspirador que recoge el agua sobrante de la máquina que perfora la zona cariada. Todavía lo recuerdo con aquel cubo donde escupir, al lado de la silla, diciéndome cada cierto tiempo, con intención de resultar gracioso: “Escupe, Guadalupe”. Cuando años después he estado en consultas odontológicas, llamémoslas más civilizadas, no me explico cómo fui capaz de aguantar aquellos ratos de dolor casi insoportable.

 

Este recorrido, más largo de lo previsto, por algunos de mis episodios frente al dolor o situaciones incómodas, lo hago porque quiero resaltar el hecho de que, con los años, a fuerza de experimentar periodos o situaciones difíciles, nos vamos curtiendo y afrontando nuevas circunstancias con mayor aguante y estoicismo. Ayer hablaba con Raquel, una querida amiga veinteañera que se enfrentó el año pasado a un linfoma de Hodgkin como el mío y pasó por este proceso de la quimioterapia. Ella sufrió síntomas parecidos a los míos, pero, como dice, cada cuerpo es distinto. Honestamente pienso que unos 25 años antes, con su edad, habría llevado peor este duro recorrido. Cómo gestionamos emocionalmente los periodos de dolor es tan importante como la intensidad del propio dolor. Hoy mismo, Carla Suárez, otra superviviente a un Hodgkin, en su columna de El País, aborda ese tema con relación a los deportistas que sufren lesiones a lo largo de su carrera y que ponen en riesgo, incluso, su bienestar cotidiano después de su vida deportiva. Otro día abundaré en este tema que me apasiona, ya que el deporte tanto profesional como aficionado y los aspectos psicológicos que se derivan de él, han sido uno de los objetos de mis lecturas en varias autobiografías de estrellas del deporte y diversos artículos periodísticos, pero hoy no quiero alargar más esta, ya de por sí, demasiada extensa redacción.

 

Solo me gustaría terminar diciendo que el dolor no solo tiene que ver con la magnitud en qué lo sientes, sino que es más importante, si cabe, cómo lo afrontas. El sufrimiento físico no puede evitarse, como yo no puedo hacerlo ahora con las consecuencias de esta dichosa quimioterapia, pero sí puede aminorarse si intentas no añadir malestar subjetivo. La aguja de María dolía exactamente igual cada vez que penetraba mi piel, pero la visión de mi primer reloj en la muñeca lo camuflaba. Mi primera semana de quimio será objetivamente dura, pero cuando me detengo en el beneficio que producirá toda la serie, se sobrelleva mejor. La felicidad está en el camino, pero cuando te convences de que conduce a un hermoso valle de paz y tranquilidad, es mucho más llano y accesible.





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