(183º) DIARIO DE UN LINFOMA (Coherencia).

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17 de diciembre de 2022.

Un día sin lluvia, así parece que se levanta la mañana. Esta es la vista desde la habitación de mi escritorio:

Se agradece poder tomar un poco el sol si el tiempo lo permite. Me encuentro bien y aunque tengo que dedicar un rato a hacer un pollo al horno que voy a preparar por mi cuenta por primera vez, espero poder dar un pequeño paseo y tomar algo de aire después de tanto confinamiento por la lluvia.

Como indiqué hace un par de entradas, en algunas de estas últimas voy a explicar algunas de mis costumbres, o ausencia de ellas, que no son de seguimiento mayoritario en el lugar donde vivimos. Puede resultar interesante para algunos saber por qué nos comportamos de una determinada manera los que formamos parte de movimientos minoritarios. Si no te interesa conocerlo, pues no pasa nada, a pasar un feliz sábado, que el día está para disfrutarlo y no sigas leyendo.

Algunos de mis amigos, compañeros o conocidos me han preguntado en alguna ocasión por qué no celebro la Navidad. A veces esa pregunta es difícil responderla en un pasillo, por teléfono o en un encuentro de 2 minutos. Ahora que puedo hacerlo de forma más reposada, me gustaría explicarlo.

Puede que llame la atención, para los que saben que me considero cristiano, que no celebre quizás la festividad más emotiva y recordada por la mayoría de las religiones cristianas, ¿no se conmemora, a fin de cuentas, el nacimiento de la principal figura de estas confesiones?

Quiero dejar claro, como creo que habrán comprobado los que han leído algunas de mis entradas de este diario, que no pretendo echar por tierra las creencias de nadie, no soy dogmático ni quiero que nadie se sienta mal porque discrepe de lo que hacen o dicen otras personas que también se consideran cristianas. Cada uno está en su derecho y libertad de practicar o no su religión como le plazca. La libertad o libre albedrío, término bastante popular cuando se habla de la condición que, según la Biblia, Dios nos otorgó a los seres humanos, es probablemente el bien supremo que más debemos apreciar y, cuando se trata de la libertad ajena y su respeto, es cuando de verdad demostramos que le otorgamos ese valor.

Nuestra vida es tan corta que, por mucho que estudiemos historia en el colegio o en los libros, y hagamos un esfuerzo por retrotraernos a tiempos pasados, generalmente valoramos costumbres y comportamientos por lo que se hace en el tiempo que nos ha tocado vivir; quizás nos remontemos, a lo sumo, a la época de nuestros padres o abuelos, pero cuando se trata de analizar el por qué de las costumbres cristianas, algunos hacemos el esfuerzo de viajar 20 siglos atrás y acudir al origen del cristianismo porque, a fin de cuentas, lo que intentamos hacer los cristianos es seguir a Cristo. Creo que todos entenderemos que tienen mucho más valor sus palabras y mandatos que los que se hayan fraguado siglos más tarde por otros.

Ahora, por ejemplo, está muy de moda seguir al estoicismo, pero si nos limitamos a leer los libros de la actualidad que lo explican, sin acudir a los padres de este pensamiento y no leemos a Séneca, Epicteto o Marco Aurelio, probablemente los máximos exponentes de esta filosofía, quizás saquemos conclusiones erróneas sobre lo que estos pensadores recomendaban. Con el cristianismo podría pasar lo mismo, con una importante diferencia; Zenón, el considerado originador del estoicismo no pretendía conectar al ser humano con Dios, sino hacerlo dominador de sus pensamientos, emociones y deseos para desenvolverse por la vida evitando el sufrimiento innecesario. Cristo, por otra parte, también expuso principios que coincidían con los estoicos, pero sus enseñanzas iban más allá, quería que condujeran a Dios y que se siguieran tal y como él las enseñó, porque de lo contrario no conseguirían ese fin. El dijo lo siguiente: “”Entren por la puerta angosta. Porque ancha es la puerta y espacioso es el camino que lleva a la destrucción, y son muchos los que entran por esa puerta;  mientras que angosta es la puerta y estrecho es el camino que lleva a la vida, y son pocos los que lo encuentran.” (Mateo 7:13, 14).

Si uno analiza con detenimiento lo que Jesús enseñó, recogido en los evangelios (Mateo, Marcos, Lucas y Juan), así como en el resto del llamado Nuevo Testamento, que fueron el desarrollo que de sus enseñanzas hicieron sus apóstoles y discípulos de su tiempo, no encuentra ningún mandato de él para que se celebrara su nacimiento. En las costumbres que recogen esos escritos de los cristianos del primer siglo, no hay indicio alguno de que lo hicieran. Sí existe el mandato expreso de recordar anualmente su muerte, cuya fecha se conoce perfectamente, fue un 14 de nisán, mes lunar judío que se mueve en nuestro calendario solar entre los meses de marzo y abril. Sus palabras, mientras celebraba la última cena con sus apóstoles en la víspera de su muerte, fueron claras: “Sigan haciendo esto en memoria de mí” (Lucas 22:19). El apóstol Pablo, décadas más tarde, en 1 Corintios 11:20, les recuerda a los destinatarios de su carta que tenían que recordar, la ya conocida en ese entonces como Cena del Señor, de una forma apropiada.

Aunque, como digo, la fecha de la muerte de Jesús se conoce, no ocurre lo mismo con su nacimiento. Sí se sabe que fue en otoño, haciendo una cuenta regresiva desde su muerte que, como digo, se produjo un 14 de nisán (marzo-abril). Tenía 30 años cuando se bautizó y empezó a predicar, y su ministerio duró 3 años y medio. Eso nos lleva al mes de octubre. Además, otros detalles que nos indica el evangelio descartan el invierno (25 de diciembre). Que los pastores durmieran al raso con las ovejas no lo permitía el tiempo invernal, en esos meses fríos se resguardaban por la noche en las majadas.

¿Por qué entonces se estableció el 25 de diciembre? Esto ocurrió mucho más tarde, y fue fruto de la mezcolanza que hicieron los romanos entre sus costumbres y las cristianas. Aunque asumieron estas en el siglo IV, continuaron con algunas de las suyas y las incorporaron a las nuevas. Por ejemplo, como recoge la Enciclopedia de la Religión Católica: “En Roma los paganos consagraban el día 25 de diciembre a celebrar […] el nacimiento del ‘Sol invencible’” durante el solsticio de invierno.”  En esa fecha se celebraban las saturnales y muchas de sus costumbres: banquetes, intercambio de regalos, adornos florales en las casas y otras, se incorporaron a la denominada Navidad. Esas fiestas tenían su culminación el 25 de diciembre coincidiendo con el cumpleaños de Mitra, un dios babilonio. 

Como comprobamos, la Navidad todavía sigue evolucionando y ahora se incorporan nuevas costumbres, como veía ayer mismo en las noticias. Decían que en los últimos 15 años algunas familias decoran con elfos las estancias de su casa y les atribuyen travesuras que a los niños les parecen divertidas. Poco a poco, puede que en unos años existan otras que conviertan a la Navidad en una celebración incluso distinta, pero volviendo a lo ya explicado, a mí personalmente no me hace sentir cómodo celebrar algo que tiene su origen en costumbres que tenían los que fueron por mucho tiempo enemigos del cristianismo y que si Jesús hubiera deseado que recordáramos y celebráramos su nacimiento, lo habría mandado, como sí hizo con su muerte, que tiene un significado mucho mayor.

Sé que muchos de los que hoy día celebran la Navidad no lo hacen teniendo en cuenta sus connotaciones religiosas, sino por su carácter amable, de encuentro con las familias, festividad alegre o arraigo en el historial familiar, pero los que tratamos de apegarnos a lo que recoge nuestro tratado de conducta, la Biblia, procuramos actuar con una cualidad a veces difícil de desplegar, la coherencia. De ella hablaba hace unos días Care Santos, una autora conocida en mi centro porque nos ha visitado en alguna ocasión para presentar sus libros. En un artículo de El Periódico explicaba la postura de un compañero de trabajo que no celebraba la Navidad y reflexionaba sobre ello. Me parece interesante compartirlo.

https://www.elperiodico.com/es/opinion/20221202/coherencia-navidena-articulo-care-santos-79466672

¡Vaya pedazo de día que se presenta! Este sí que lo voy a celebrar, me voy a pasear un poco al sol (con protección, claro).







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