(149º) DIARIO DE UN LINFOMA (Me ordeno vivir).

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31 de octubre de 2022.

La tarde-noche de Jerez ayer era de verano. Estuvimos paseando por el lago cerca del piso y se podía estar perfectamente en manga corta. Rubi hizo esta foto que compartió conmigo, cuando ya anochecía.

La noche la he pasado regular, he tenido una acidez de estómago inusual. Mira que la quimio me deja el sistema digestivo bastante mal, pero no había sufrido hasta ahora este efecto. Lo achaco más a unas zanahorias aliñadas que cené y que estaban inundadas de vinagre. Me tuve que levantar 2 veces, primero a tomar un Bianacid y, en vista de que no funcionó, un Almax. 

Anoche estuve hasta tarde hablando con mi amigo Antonio que se encontraba con Roberto, su cuñado, en el hospital de Ronda. Robert tiene las transaminasas altas y parece apuntar a una hepatitis aguda pero no conocen el origen. Ya han descartado una causa vírica, pero anoche lo mandaron para casa sin investigar nada más, así que esta mañana han decidido venirse para el hospital de Jerez. 

Una buena noticia que se confirmó es la venta del apartamento de Isaac, el hijo de Diego, en Benaocaz, que servirá para financiar parte de la intervención de este en Barcelona. En una semana, mientras muchos de sus amigos le hacían toda la publicidad posible, se ha conseguido concretar una transacción que no se pudo realizar desde el 2007, año en que se terminó. Aunque Isaac le ha hecho una rebaja, esta no ha sido tan considerable como para que haya conseguido venderse tan rápidamente. ¿Por qué se ha logrado en este momento tan crítico? Bueno, cada uno que haga sus propias interpretaciones, pero el caso es que supone una ayuda importante en este momento tan complicado.

Hoy, como ya expliqué, pretendo disfrutar de una comida familiar con mis hijas y yernos. Mi suegro se ha venido de Ubrique a pasar el día también con nosotros. El pobre, ahora que se encuentra solo en casa, lógicamente se siente acompañado con nosotros. No es fácil acostumbrarse al hueco que deja en tu hogar la persona que compartió contigo más de 60 años de su vida.

Hablaba con mi Rubi ayer de un sentimiento que nos machaca cuando nos separamos de un ser querido, ya sea por su pérdida definitiva o temporal. Yo le di un consejo que no sé si servirá para todo el mundo, pero a mí me ayudó en aquel periodo difícil del deterioro final de mi madre y su posterior fallecimiento. Los últimos 7 meses de su vida era dependiente absoluta, su cabeza estaba perdida y apenas tenía fuerzas para moverse. En esos meses, y cuando definitivamente la perdimos, yo luchaba contra algo que me hacía sufrir y trataba de mitigar.

Cuando estaba tan mal, establecimos turnos para atenderla y, cuando no me tocaba, a pesar de ello, no dejaba de pensar en ella y eso me entristecía sobremanera. Sobre todo me machacaba cuando realizaba alguna actividad gratificante. Me iba a jugar al tenis y me acordaba de su precaria situación, entonces empezaba a pensar que no tenía derecho a estar allí pasando un buen rato cuando mi madre se encontraba tan mal. Acto seguido trataba de quitármela de la cabeza. Me decía: “Vamos a ver, disfruta de este momento, no te sientas culpable de no estar a su lado, ya haces todo lo que puedes, también tienes derecho a distraerte. Piensa en lo que estás haciendo y olvídate de ella por un rato”. A veces lo conseguía, pero entonces aparecía otra cara de la culpa, la que sentía por haberme olvidado de ella. Me parecía que estaba mal hacerlo, porque lo suyo es que estuviera permanentemente en mi pensamiento.

La culpa es una faceta amarga de la preocupación, y esta última no soluciona absolutamente nada. La ocupación sí, porque significa que haces algo útil que puede ofrecer alguna salida a un entuerto, la culminación de un esfuerzo, o la realización de una tarea necesaria que cubre una necesidad. El prefijo PRE-ocupación, indica que antes de hacer algo, rumias en tu cabeza sobre ese algo pero, en ese momento, no puedes hacer absolutamente nada, así que no ofrece nada positivo, solo anticipación y, con ello, puede que ansiedad.

A veces los matices lingüísticos, cuando no son simples eufemismos, tienen su importancia. Los psicólogos dicen que, en determinados contextos, cambiemos la palabra culpa por responsabilidad. Puede parecer una sutil tontería, pero si lo pensamos bien, y asumimos sus respectivos significados, no son para nada lo mismo. La culpa tiene una connotación negativa: he hecho algo mal (o he dejado de hacer) y con eso he dañado a alguien o a mí mismo. La responsabilidad nos hace conscientes de que tenemos una tarea a nuestro cargo y la realización de esta o no puede repercutir en otros, pero no necesariamente dañándolos, sino afectándolos, lo cual no tiene las mismas consecuencias en nuestra conciencia. En mi caso: si yo no atendía a mi madre una tarde, sino que lo hacía una de mis hermanas, esto las afectaba, porque limitaba su tiempo y les exigía un esfuerzo, pero yo no las estaba dañando, porque cuando me tocaba a mí, asumía mi responsabilidad y las libraba a ellas. Claro que uno podría hacerlo todas las tardes y entonces nadie se vería afectado, entonces no sentiría culpa, pero eso no sería razonable, ni tampoco le daría la oportunidad a mis hermanas de cumplir con su responsabilidad, lo que por otra parte, nos hace sentir bien.

No sé si soy capaz de transmitir con exactitud lo que pretendo, pero, a efectos prácticos, explico lo que a mí me servía y sigue haciéndolo, para estar más tranquilo y feliz ante situaciones difíciles en las que uno no puede hacer mucho más de lo que hace. Cuando conseguía “olvidarme” de mi madre por un rato, trataba de no sentirme culpable por hacerlo, sino entendía que era la única manera de disfrutar del momento, de lo contrario, ni lo hacía, ni tampoco conseguía nada en la atención que ella necesitaba. Cuando falleció, durante algún tiempo, al pensar en ella me invadía una tristeza enorme y eso me limitaba en las actividades que realizaba, la desgana me superaba. Entonces me dí cuenta también de que tenía que hacer un ejercicio de “olvido” selectivo de ella, para poder dar clase con energías, disfrutar de una comida con los amigos o practicar deporte y saborear el momento. En todo caso, tenía que desterrar la palabra y el sentimiento de culpa de mi diálogo mental. Esos “olvidos” eran tan necesarios como objetivamente buenos. Eso no significaba que ya no quería a mi madre o que vivía perfectamente sin ella, sino que trataba de seguir adelante con mi vida, intentando sentir el presente y disfrutándolo, como, por otra parte, ella habría querido que hiciera.

Rubi, viene tristísima de cada visita a la residencia donde se encuentra mi querida suegra, la realidad con la que se topa no es para menos: una madre que ya te reconoce a medias y a la que has perdido como tu consejera, tu ayudante, tu referente en la vida. Pero después de la visita, la animo a seguir con su vida, a retomar su trabajo, a mantener viva nuestra relación, a la que tiene con nuestras hijas, a disfrutar de su rato semanal de pilates, a seguir, en definitiva, hacia delante. Y no tenemos nunca que sentir culpa por seguir viviendo, es que si hay una obligación permanente e ineludible en nuestra existencia, esa es vivir. Lo he escuchado en boca de no sé quiénes últimamente, no lo recuerdo, pero estoy totalmente de acuerdo en que vivir es un deber que tenemos mientras respiremos, y lo tenemos que hacer sin ningún sentimiento de culpa, sino de responsabilidad, la que sentimos cuando hacemos uso de un magnífico regalo de un generoso amigo.

Porque él mismo les da a todas las personas vida, aliento y todas las cosas.” (Hechos 17:25) 



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